lunes, 31 de marzo de 2014

IT´S A PERFECT DAY FOR DREAMS COME TRUE


Pasada media hora del inicio del sábado, nos quedó una promesa de volver a vernos, y algunas cuantas certezas. The Cure acababa de terminar un show de 40 canciones en tres horas y diez minutos de recital. La promesa la hizo Robert Smith, pero estamos prevenidos que Robert no siempre cumple sus promesas. Después de todo prometió en 1987 no volver a Buenos Aires y acá estuvo.
Lo cual nos lleva a la primera de las certezas: The Cure tocó en River. Y aunque parezca superfluo remarcarlo, hay que hacerlo ya que hasta bien entrado el show muchos todavía no podíamos creer estar viéndolos en vivo en estas tierras. Y de la mano viene la segunda certeza de su paso. The Cure es una gran banda. Es verdad que The Cure es Robert Smith (en los papeles es el único miembro permanente de la banda, después de haber echado, vuelto a incorporar y vuelto a echar a varios integrantes), pero sus temporales (algunos con más tiempo que otros, pero temporales) laderos cumplen a la perfección sus roles. Jason Cooper sostiene el ritmo de la banda, y junto con Simon Gallup (el más viejo compañero de Robert) le aportan la parte más sanguínea y corporal. Sobre esta base Roger O'Donnell utiliza el teclado ya sea para meter esos acordes que generan el clima sobre el que las guitarras van a desplegarse, o para tocar esas pequeñas melodías pegadizas (hasta coreadas por el público) que son marca registrada del sonido más pop de la banda. Y, como capas superpuestas pero sabiamente entrelazadas, las guitarras de Smith y del ex Tin Machine, Reeves Gabrels terminan de definir la atmósfera de cada tema, aportando un ritmo bien definido a veces, creando riffs en otras, o simplemente llevando la densidad del tema hasta las últimas consecuencias. Y sobre eso la voz (arrancó contenida y tranquila, pero con el correr de los temas se fue poniendo en forma y poder, mostrando que tiene la misma voz que al empezar su carrera) y la presencia de Smith, quien canta, gesticula, baila y sonríe. Y además habla poco, lo cual se agradece entre tanto cantante demagogo. El resultado de todos esos elementos es un sonido que no reproduce a la perfección las versiones de los discos, sino que las ejecuta dándoles vida propia, haciendo que algunos ganen y otros pierdan, pero tomando riesgos. Y eso también se agradece, ya que da cuenta del compromiso que tienen con su arte, y del respeto hacia al público, a quien no tratan de idiota. Y ahí tenemos otra certeza, The Cure no toca para complacer al público. Estos últimos días se comentaba que "tocaban todo" entre los que esperaban el recital. La afirmación es cierta, pero con un valor que los que la afirmaban no entendían. No es un recital de grandes éxitos, sino un recital donde conviven todas las épocas de The Cure, desde los clásicos pop que la gran mayoría fue a escuchar, hasta los temas más punks de sus primeros años, pasando por los temas más densos y opresivos. Y al parecer de quien esto escribe, en esta vida nueva  que tienen los temas en vivo, no como una simple repetición del disco sino como algo vivo, los temas pop y los temas más viejos suenan demasiado prolijos, hasta con un ritmo más tranquilo (excepto una tremenda versión de A Forest, basta comparar las versiones en vivo de otras épocas de Boys don´t Cry, Charlotte Sometimes, o Friday I´m in love para ver que ahora suenan calmas) mientras que los temas más oscuros de la banda son los que los llevan a un nivel de experimentación, de explosión contenida, de densidad,  que me atrevo a afirmar que ninguna banda en el mundo tiene (excepto Radiohead), que ponen al público en una disyuntiva, la de entrar en el tema y dejarse llevar, o quedarse afuera como simple espectador. Y algo de eso sucedió, ya que la mayoría no eran los temas que iban a escuchar, ni siquieran los conocían, y fueron muchos quienes se fueron ante la andanada seguida de los tres temas de Kiss Me Kiss Me Kiss Me (The Kiss, If Only Tonight We Could Sleep y Fight), Disintegration, One Hundred Years (uno de los mejores de la noche, con Gabrels mostrando por qué supo tocar con Bowie), Wrong Number, Trust y Want.
La crítica que se puede hacer a la genialidad de la banda es el armado de la lista de temas, sutil técnica que no todos tienen, y acá creo que The Cure es donde tiene su punto flojo. Entre los últimos diez y los primeros diez temas hay dieciseis que cantó todo el estadio (la mejor de estas sin dudas fue The Walk), pero entre los veinte del medio no llegan a siete los temas conocidos, haciendo que muchos se fueran ante el frío y la exigencia del show. También esto nos lleva a decir algunas palabras sobre el público, quien se mostró sorprendentemente frío para la gran expectativa que se creó en todos estos años de espera. En parte por el armado de la lista, en parte por lo difícil que se hacía creer que estábamos viendo a The Cure en Argentina, en parte por los vallados que pusieron en el medio del campo obligando a muchos a verlos por las pantallas (las cuales estaba demasiado bajas así que tampoco se veían), en parte porque muchos del público fueron porque "había que ir" sin conocer demasiado la obra de la banda sino sólo por figurar, en parte porque buena parte de quienes sí conocían la obra de la banda tienen un promedio de edad que los lleva a estar sentados antes que adelante saltando, y en parte porque la energía que la banda misma emana es una energía controlada hasta no poder con ella y explota, no una energía que se deje salir libremente; todos estos elementos dieron como resultado un gran show con un público atónito, lejos de aquellos desmanes de 1987 y pero también lejos de ser un público encendido y caliente. Como para que Robert pensara al terminar a qué era lo que le temía de volver a Buenos Aires.
En Argentina solemos tener una tardía recepción de muchas de las tendencias mundiales, las cuales se arraigan y toman formas locales. Los rolingas como deformación de un pequeño matiz de los Stones, los punks desplazados de tiempo y lugar, usando camperas de cuero imposibles de pagar para un verdadero punk, y los darks no son la excepsción a la regla. Casi como precursores del emo de Capusotto, enfrentándose al vacío nihilista de la existencia con angustia y desesperanza. The Cure hace tiempo que afirma este nihilismo, pero con una mirada vital y poderosa, como canta Robert Smith en la canción que marcó la mitad exacta del show Doing The Unstuck: "expulsemos las penumbras, echemos la tristeza! Es un día perfecto para volver realidad nuestros sueños, para pensar en grande y hacer cualquier cosa que querramos hacer." Y si nuestro sueño fue poder ver a The Cure en vivo sí que fue un día perfecto. Let´s Get Happy!

WILD IS THE WIND

Gentileza WindCreature
Cuentan que en la antigua Persia un príncipe mandó construir un palacio para su princesa en el medio del desierto. Y era tal la opulencia que para realizar la construcción, en lugar de agua, había hecho traer de todas partes del mundo las más preciadas y aromáticas flores para extraerles sus esencias. Así, cada habitación estaba perfumada con un olor distintivo. Por supuesto, el tiempo y el clima hicieron lo suyo y el palacio fue abandonado primero, y convertido en ruinas después.
En la actualidad, dicen los beduinos que existen en el desierto profundo, donde pocos se animan a llegar, unas ruinas que tienen los aromas del paraíso. Y que se puede caminar entre ellas, y acercando las narices a sus paredes se puede imaginar la opulencia de la construcción y adivinar su arquitectura: el aroma a rosas en los cuartos, el jazmín en las salas, azahar en los baños, azaleas en los aposentos reales, etc.
Esos mismos beduinos, después de recorrer todas las ruinas, dicen encontrar el más espléndido de los perfumes al salir de nuevo al desierto, de cara al oriente, y encontrarse con el viento que ha viajado miles de kilómetros sobre la arena milenaria durante días y noches para atravesar en las ruinas sus primeros obstáculos. Ese perfume a nada que arrastra el viento, que sólo es identificable luego de haber atravesado el edén, es preferible a cualquiera de las creaciones humanas.
Y sin embargo, en cualquier aldea del extremo oeste del desierto, en alguna fresca noche, los habitantes suben a las terrazas y esperan. Afirman que cuando sopla el viento proveniente de oriente a través del desierto, es el mismo Dios quien sopla y por eso llegan con el los aromas del paraíso.

SOMETHING IS HAPPENING HERE


Aunque fui educado bajo los preceptos católicos, hace mucho tiempo que abandoné la fe y la creencia en un dios. Sin embargo, sí creo en la existencia de un panteón politeísta totalmente personal que hace la vida tolerable y, por momentos, hasta justificable. Y en ese panteón, sin lugar a dudas, Bob Dylan tiene un lugar preponderante. Es lo más parecido al Zeus descripto por Homero en la Ilíada, antojadizo, huraño, porfiado. Y genial. Estableció algunos de los axiomas por los cuales transita el rock como cultura, y es fiel a esos postulados: manifestarse por su obra, crearse a uno mismo, esconderse en lugar de exhibirse, vivir bajo su propia lógica y no la del mercado, la importancia de la experiencia y de cada momento en lugar de la mirada en el futuro, como para enunciar algunas de las cosas que Dylan nos legó.

El recital que dio ayer, 27 de Abril, en el Gran Rex fue una prueba de todas esas características. En el plano estrictamente musical, Dylan se apoya en una banda (Tony Garnier: bajo, George Recile: batería, Charlie Sexton: guitarra, Stu Kimball: guitarra y Donnie Herron: violín, banjo, mandolina y pedal steel) que cumple a la perfección lo que se espera de ellos, como músicos de una feria itinerante que alcanzan, no la perfección de los ensayos, sino la sensibilidad de la carretera (que entiende, como el rock, al error como elemento a utilizar). Así, el sonido puede ser perfecto por momentos, y puede ser crudo en otros, dependiendo de lo que la canción y la interpretación de Dylan necesiten en cada oportunidad.

Con esta banda funcionando como soporte, el viejo Bob ejerce el oficio con maestría. Transita el escenario (gran diferencia con el show de Velez, en donde se guareció detrás de los teclados), yendo desde el teclado Korg hasta la guitarra, pasando por la armónica (con su momento más alto en “Tangled up in blue”) y por su notable rol de crooner (las interpretaciones de la bellísima “Make you feel my love” y la inquietante “Ballad of a thin man” por sí solas pagan el precio de la entrada). Sus movimientos de púgil y su presencia convocan todas las miradas. Su voz ya no es lo que era, se escucha en el show y en los medios. Por cierto que no, ahora tiene una gravedad y un contenido que no tenía antes, perdiendo nitidez pero conviertiéndola en un instrumento más. Y Dylan sabe utilizarla a su favor, cantando, pero también rapeando y narrando cuando le conviene, sin preocuparse por la afinación ni por clavar la nota, sino por transmitir algo con ella. Y vaya si lo consigue.

Y en esto reside parte de su grandeza, el encontrar la forma de tocar todo el tiempo (como ejemplo, en los últimos catorce días dió nueve recitales) sin perder el vértigo que tiene que generar el rock en vivo. No necesita cambiar la lista día a día (tiene una estructura que se repite y  va cambiando tres o cuatro canciones por recital, generalmente del mismo disco o período musical) para evitar convertirse en rutinario. Lo que hace es mucho más riesgoso, sube al escenario sin preconceptos y se deja guiar por su humor, por la energía que hay en el ambiente, por la inspiración, o por la cantidad de factores que uno quiera contabilizar en cualquier evento. No necesita ponerse la remera argentina, ni tener coreografías, ni hacer subir una chica al escenario para cantarle a ella (¿cuán aburrida puede ser esta rutina para Bono?), ni siquiera necesita hablarle al público. El respeto y la estima que Dylan entrega es su arte, es considerar que el público no es idiota (aunque lo sea, eso no importa) ni necesita demagogia para establecer una conexión. Es de esos pocos artistas que nos recuerdan que es esto del rock, y que ofrece y a la vez exige al oyente considerándolo a la altura del reto. Por eso, al terminar el recital, la banda se junta en el escenario, con Dylan un paso adelante, mirando fijamente a la audiencia, en una pose que muestra agradecimiento por la emoción que la gente exhibe y también el conocimiento que lo que acaba de brindar roza lo genial y es la gente la que tiene que agradecerle. Desde acá se le agradece.

PALO ENJABONADO

Gentileza WindCreature
Sábado 21 de Abril del 2012, once de la noche en la puerta del teatro La Cova de Martinez, en donde Palo Pandolfo está por tocar con su actual banda La Hermandad algunos temas nuevos y una selección de temas de Don Cornelio y Los Visitantes. Me había enterado el jueves previo que la iniciativa de tocar clásicos de esas dos geniales bandas y la selección de los temas se había realizado por facebook. Si esa red, cuya única utilidad es darle a gente sin vida la posibilidad de compartir lo que les pasa (o sea, nada, o en el estilo facebook “estoy cansado”, “parece que va a llover” o la genial “hoy es viernes”) era el origen del recital, la cosa empezaba mal.

Hay recitales en donde las cosas fluyen de una forma que las canciones pierden su orden y uno, como espectador, se ve transportado por un viaje (catártico me dijo alguien después del recital) en donde los sentidos se expresan de una forma no intelectual generando sensaciones únicas (estaba tentado de escribir placer único, pero no es el placer la única sensación que genera el arte, también la incomodidad, la molestia, las inquietudes, la excitación, la calentura, el dolor y la bronca se pueden dar lugar y se agradece que suceda). Y hay otros recitales en donde uno comprende desde el arranque que nada nos llega, que nada nos genera lo que está sucediendo (obviamente omito aquellos en donde lo que sucede es lisa y llanamente malo, porque suelo huir despavorido) y la magia no sucede. Palo ha sabido ofrecer de los dos tipos, he sido transformado por su arte y he presenciado conciertos correctos pero sin golpe. El que dio en la zona norte del conurbano no se correspondió con ninguno de estos tipos.

El recital arrancó con problemas de sonido, se toca demasiado fuerte todo y el lugar de la voz queda tan reducido que es imposible cualquier contraste. Este es un problema común, las bandas deberían tener el ejercicio de tocar muy bajo y dejar al cantante sin micrófono; si lo pueden hacer, recién ahí pueden subir los instrumentos progresivamente. Hubo problemas de tempo con el baterista, y poca o ninguna comunicación entre los integrantes de la banda. La cosa mejoraba un poco cuando hicieron los temas que Palo está grabando con la banda para el próximo disco, donde se los notaba mejor ensayados y ajustados (lo cual insinúa falta de ensayo de los temas viejos o incluso desconocimiento). El resto del tiempo daba la impresión de ser una banda amateur acompañando a un tipo experimentado tratando de remar la situación.

Palo tiene un lugar destacado como compositor y como intérprete, una forma personal de hacer arte, poderosa, incómoda y auténtica. Eso no cambia por un recital. Pero sirve para explicar porque digo que no se adapta a ninguno de los tipos descriptos antes. Se conoce y valora lo que Pandolfo puede dar en vivo, y por eso se vivió el recital como un esfuerzo de parte del público de que la cosa mejorara. Como si el público pudiera suplir lo que arriba del escenario no se producía. Salimos del teatro con el cuerpo cerrado, duro, y agarrotado por este “esfuerzo”. Sensaciones encontradas me duran desde entonces. Por un lado, tomar cabal magnitud de lo vasta, variada y genial que es la obra que Palo ha ido construyendo en estos años de carrera. Por otro lado, la poca justicia que se le hizo en el recital a esa obra.

Por último, dos comentarios que no hacen a la cuestión principal, pero me parece pertinente aclarar. El primero, trato y trataré de no asociar la cantidad de espectadores de cualquier espectáculo con la performance. Me molesta que muchos respondan a la pregunta “¿Cómo estuvo?” con un “Lleno total” o “Metimos xxx personas”. El segundo comentario, pasaron siete años y algunos meses del incendio de Cromañón y el público sigue igual de estúpido, sin hacerse cargo de la responsabilidad que le cabe. Mientras se pasaba una grabación (“Apaguen los celulares, no fumen, etc.” como las que se escuchan en cualquier teatro o cine) algunos chiflaban y gritaban estupideces, como le chiflaron y gritaron estupideces a Chabán antes del incendio. Y una vez comenzado el recital, aparecieron aquellos que se creen con la obligación de “animar” al resto del público, de arengarlos, una especie de porristas del rock que en lugar de mirar el escenario miran hacia la gente para que hagan lo que ellos quieren. Una actitud autoritaria que se ha vuelto costumbre con la nefasta idea de que el público es parte principal del show. Así está el rock…

COORDENADAS


Yo me formé en la cultura rock (que como manifestación cultural excede por mucho la música de rock & roll, bastante aburrida por cierto), aunque siempre me resultó difícil poder definirla. Siento que tiene una ética y una moral determinadas por el placer propio y no por la mirada del otro como uno de sus fundamentos, basado en una exaltación de la experiencia (la que de adolescente sentía individual, ahora entiendo que compartida es más placentera) por sobre la teoría. A pesar de esto, me gustaría intentar analizarla, no para dar respuestas, sino por el puro placer del análisis. Esta vez traigo una definición de un rockero que no sólo es un gran compositor y cantante, sino además alguien con una capacidad de análisis a la par de su obra artística. Carlos “Indio” Solari (Diario La Razón, Agosto 1985) respondía así a la pregunta ¿cuáles son las coordenadas de la cultura rock?


En primer lugar: el principio ordenador del placer, desconfiamos de los que nos hace daño y creemos en lo que nos gratifica.

En segundo lugar: la necesidad de la diversidad, sólo lo que no tiene identidad sobrevive. Aquellos que poseen identidad -idénticos, luego iguales- son predecibles, ergo manejables.

Coherente con éste, un tercer punto: no es dogmática, muda constantemente. Tiene como premisa evitar las ideologías para superarlas si el modelo adoptado no funciona.

En cuarto lugar: es sinónimo de búsqueda y cambio incesante, por eso rescata a los pensadores oscuros o malditos, todos aquellos que escapan a las clasificaciones de las culturas oficiales.

En quinto lugar: es universal. Descree de las patrias, ya que no son los estadistas los que manejan el rumbo sino las grandes corporaciones, o sea la mafia.

En sexto lugar: no es definible.
¿Está claro?

DISCO ES CULTURA


Siempre tuve una extraña sensación con la etiqueta "Disco es Cultura". Cuando era adolescente (por suerte, más tarde o más temprano a todos se nos pasa ese lamentable estado) y tenía en mis manos alguno de esos discos que me marcaron pensaba "¿No se dan cuenta aquellos que manejan el sistema que nos están avisando que ahí hay algo nocivo, algo que atenta contra ellos mismos". Es como si le pusieran la Marca de Caín (a propósito, el padre de la música) para que los atentos (o los suficientemente distraídos) pudiéramos reconocerlo. Disco es Cultura. ¿Qué cultura? ¿La de ellos? ¿O nos alertaban de la existencia de Otra Cultura que estaba latente, por asaltarnos?

Claro que aquella mirada ingenua no permitió ver el verdadero significado, que esta amenaza latente iba a ser absorbida por el sistema con la inefable ayuda de los propios músicos (como si al capitalismo le hiciera falta que le dieran una mano…). Ahora podrían poner Disco es Mercadería... O directamente no poner nada, inventar un dispositivo digital que permita bajar música en forma supuestamente ilegal y ahogar cualquier amenaza con megabytes de porquerías que sólo se pueden tolerar una sola vez. Con la obligación de nunca escuchar un disco entero, siempre saltar a los temas que hay que conocer, se destruyó la idea de una obra musical y se la reemplazó por entretenimiento. ¿Por qué esperar por algo, no? No vaya a ser cosa que algo suceda en la espera.

¿Serán tan obsoletos los discos como aquella amenaza imaginada? ¿Se puede seguir pensando en una nueva Cultura? ¿O tiene razón Solari y deberíamos empezar a poner en las zapatillas la leyenda "Nike es Cultura"?

TEAR DOWN THE WALL


Michel Houellebecq sostiene en Las Partículas Elementales que la revolución sexual no fue otra cosa que la irrupción del capitalismo en la vida privada de las personas, en aquel lugar de intimidad en que las personas seguían siendo personas y no consumidores. A partir de ese momento, no sólo había que tener el traje de moda, sino tener las tetas de moda, el tamaño del pene correcto y ejecutar el acto sexual de la forma que se espera. Todo es medible: los tamaños, la cantidad de acabadas, la cantidad de amantes. Y si se puede medir, se puede comparar e intercambiar, o sea, se puede poner en el mercado…

Siguiendo esta lógica, la irrupción de los VIPs en los recitales es la fagocitación del rock (entendido como cultura, o mejor como contracultura) por el capitalismo. La conversión de esa contracultura en espectáculo. Además de cumplir con los mandatos sociales y sexuales, tenemos que tener la entrada VIP más VIP de las VIP (sí, porque dentro del VIP hay gente no tan VIP).

Cuando Roger Waters canta en River para que derriben el muro ¿a qué muro se refiere? A los ladrillos que separaban dos potencias mundiales, a las pantallas de última generación que se instalan entre él y la audiencia, o al vallado que asegura que los que pagaron mucho puedan verlo de cerca y sentados? Como dijo el gran Billy Bond: rompan todo… o paguen el VIP!!